Durante gran parte de mi vida tuve siempre el temor de qué sucedería cuando tuviera que despedir a alguno de mis padres; seguramente es un temor bastante natural y común pues si la naturaleza sigue su camino es bastante probable que seamos los hijos quienes debamos enterrar a nuestros padres. Este temor lo tuve que afrontar hace muy poco tiempo, cuando después de una enfermedad algo larga, mi padre trascendió; es muy difícil ir todos los días a la clínica a visitar a un ser querido y no saber cuándo será la última vez que lo vas a ver con vida, que te va hablar, que le vas a poder dar un beso.

Es verdad que el tiempo que dure el ser querido enfermo te ayuda a prepararte de alguna manera a la noticia que no quieres que llegue, pero que sabes que sucederá, y realmente aunque estés consciente de lo que va a pasar, creo que eso no hace que el dolor sea menor. Si bien sabes que tu ser querido ya dejó de sufrir, pues en mi caso mi padre ya estaba muy deteriorado por sus padecimientos, el hecho de aceptar que ya no está, que no lo volverás a ver, que no escucharás de nuevo su voz, te deja un vacío y te produce un dolor muy grande. ¿Qué es entonces lo que realmente nos causa ese dolor, si conscientemente sabíamos que no queríamos verlo sufrir más? Precisamente con mi padre hablábamos mucho del apego y de cómo este es el causante de muchos dolores a lo largo de nuestra vida, y haciendo honor a este tópico que fue razón de varias conversaciones, he estado reflexionando mucho ahora que ya me tocó vivir la primera pérdida grande de nuestra familia. Recuerdo llegar de la clínica muy acongojada y pidiéndole a Dios que no sufriera más, que descansara ya, y le decía repetidamente a él así estuviera dormido, que viajara tranquilo, que todos estaríamos bien y cuidaríamos bien a nuestra madre. Lo dije muchas veces porque sentía que no era justo que él pasara tanto tiempo deteriorándose y también me preguntaba qué lo ataba, pues según los conceptos médicos mi padre estaba resistiendo demasiado y seguramente otra persona no habría aguantado todo lo que él soportó; durante estas largas semanas de su padecimiento, sólo se quejó en los días finales donde ya su malestar no lo podía ocultar, pues antes durante muchas semanas cuando se le preguntaba cómo estaba, él siempre contestaba: muy bien gracias!, a pesar de todo lo que en su interior estaba sucediendo.

El último adiós que pude darle a mi padre fue dos días antes de fallecer, nuevamente le hablé mientras dormía, pues pasaba ya mucho tiempo dormido; cuando me despedía, le pedí a Dios que lo bendiciera como siempre lo hacía, le dije que estuviera tranquilo y que lo queria mucho, le di gracias por todo y le di un beso en su frente acariciando su cabello. Una vez acontece el evento de su fallecimiento en medio del dolor y de todas las diligencias que hay que organizar para la velación, el funeral, atender a las personas que van a saludarte, la verdad como que no hay mucho espacio para asimilarlo, sino una vez ya todo eso haya pasado y te encuentras sol@ con tus sentimientos, afrontando ese vacío, llen@ de recuerdos y en mi caso de un infinito agradecimiento por todo cuanto hizo. Es inevitable preguntarse, ¿a dónde fue toda esa inmensidad que contenía esa persona en su interior? Es parte de los misterios de la vida que cada uno comproborá sólo cuando llegue el momento de trascender, pero por ahora prefiero pensar que está completamente bien, en un sitio no imaginable para nuestros ojos, gozando de la compañía de la fuerza creadora de todo cuanto existe y que en el momento oportuno podré verlo de nuevo.

No sabemos cuándo será la última vez que veremos a una persona, que hablaremos con ella, por eso es muy importante que procuremos siempre que nuestras palabras sean amorosas cuando hablemos con los demás, que nuestros gestos sean generosos, que los hayamos mirado con amor o aprecio, y de esa manera si no los volvemos a ver, tendremos la tranquilidad que lo último que tuvieron de nuestra parte fueron actitudes amorosas y eso hará que sobrellevar las inevitables pérdidas sea un poco menos doloroso, pues evitaremos el peso de una posible culpa por haber tenido un comportamiento reprochable o poco deseable.

*** ¿Cómo nos gustaría ser recordados? ***

Seamos conscientes que la vida se nos puede ir en cualquier momento, apreciemos todo cuanto nos rodea, las personas que nos acompañan, valoremos todo, pues en cualquier momento pueden dejar de existir.

Deja tus comentarios sobre cómo has manejado tú estos episodios dolorosos y qué aconsejas a las personas que estén pasando por estas situaciones!