Seguramente muchos de ustedes tienen amores perrunos como yo :). Hoy quiero contarles un poco sobre cómo un ser peludo que nombré Fiona, cambió radicalmente mi vida hace más de 10 años.

En mi edad temprana hubo caninos en la familia, hemos sido una familia amante de los animales, pero realmente nunca fue responsabilidad mía el cuidado y bienestar de los mismos; me hice adulta, empecé a trabajar y en el 2006 decidí que era tiempo de incorporar de nuevo un peludito al hogar. Por esa época mi vida no era para nada balanceada, trabajaba demasiado y no tenía una relación estable, así que en muchas ocasiones como suele ocurrirle a un número importante de personas, el trabajo gana tanta prioridad que el resto de cosas se van desbalanceando. Recuerdo que el proceso de elegir a Fiona fue bien elaborado, estudié las razas y sus necesidades y en esa búsqueda llegué a los pug, comencé a buscar cachorritos hasta que un buen día, encontré a esa hermosa bolita de pelos que me ayudó tanto en mi vida. Fue también un proceso la preparación para su llegada, la adecuación del apartamento para que estuviera segura (era un octavo piso con balcón), conseguir las cosas que yo creía que ella necesitaria, en fin, fue todo un proyecto!

La llegada de Fiona ciertamente cambió todo la dinámica familiar y desde el comienzo nos cautivó a todos; como yo trabajaba todo el día, cuando mis papás no estaban en el país, tenía a alguien que me la cuidara pues me daba pesar dejarla todo el día sola; saber que ella estaba en casa se convirtió en un gran motivo para empezar a organizar mis cargas: salir más temprano del trabajo, ir a jugar con ella, a sacarla a pasear, o sencillamente ver esos ojos que hasta el día que se apagaron, me tuvieron enamorada por todo ese tiempo. De verdad creo que el amor y todas las emociones que los perritos desencadenan en los seres humanos son sencillamente indescriptibles, pues te conecta a fibras tan profundas que no se pueden explicar con palabras. Fionita fue mi compañera en muchos momentos en que la soledad también me acompañaba, y realmente siento que buena parte de todo el proceso de crecimiento interior que he tenido durante los últimos años, fue catapultado por esta compañera peluda.

Fiona me acompañó cuando reí, cuando lloré, cuando cambié de casa, cuando me casé, cuando cambié de casa estando ya casada, le dio la bienvenida a Martina, mi hija el año pasado, y unos pocos meses después empezó a tener problemas de salud. Hice todo cuando podía para tratar de curarla, le di siempre todo el amor, la mimé, y la acompañé hasta su último momento; no hubiera querido tener que tomar la decisión de dormirla, pero su cuerpo ya no respondía, ya no se sostenía, no comía, sus riñones tuvieron un daño irreparable y además su corazón estaba muy malito; las últimas horas de Fiona ese día, Octubre 16 del 2017, las pasó en mis brazos, mientras la hidratábamos y esperábamos resultados de laboratorio que indicaban que estaba muy mal… le pedí que me diera alguna señal para saber si no debía hacer lo que se suponía debía hacer, no la recibí y por el contrario su agotamiento y su mirada triste me indicaron que lo más humano que podía hacer era ayudarla a descansar. No se imaginan lo difícil que fue, pero al mismo tiempo lo bonito que fue saber que lo último que vio fue a mi. Durmió rápidamente, no sabía que esos procesos eran tan rápidos, sin ninguna seña de dolor o angustia… antes de que le pusieran el medicamento besé toda esa carita que tantas veces besé, le agradecí por tanto, porque realmente estos animalitos sólo saben dar amor, y me despedí… no me separé de ella en ningún momento y por supuesto luego vino el proceso del duelo. Me parecía verla aún acostadita en su cama o creía que aparecería en algún rincón… Aún su ausencia duele bastante y justo mientras escribo y comparto esto, no puedo evitar que las lágrimas rueden por mis mejillas.

Muchos podrán decir, qué exageración… ¿llorar por un “animalito”? y yo les puedo contestar, para nada lo es, y menos cuando ese ser peludo te ayudó a desarrollar tanto la sensibilidad, el amor y te ayudó a sacar lo mejor de ti. Molly, una de las hijas de Fiona nos acompaña ahora en nuestro hogar y por supuesto nos ayuda a tener vivo el recuerdo de Fiona, mi angel peludo a quien le debo tanto. Quiero creer que cuando deba dejar este plano material, allá al otro lado, saldrá a recibirme moviendo su colita y podré de nuevo perderme en esa mirada que fue mi oasis por muchos años de mi vida.

*** Hasta que uno no ha amado un animal, una parte del alma sigue sin despertar – Anatole France ***